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  • Foto del escritorCarlos

Crítica 'The Whale': Brendan Fraser se convierte en una morbosa atracción que sostiene la película.

La exhibición de la película de Darren Aronofsky en la 11va edición del Festival Internacional de Cine de Los Cabos confirma la posible candidatura de Brendan Fraser al Oscar.




El Festival Internacional de Los Cabos se inauguró con el estreno nacional del octavo largometraje del director neoyorquino Darren Aronofsky, The Whale. La película fue filmada enteramente en interiores de los estudios Umbra, en Newburgh, Nueva York y con esta exhibición, se confirma lo que retumba desde el Festival de Venecia: el regreso del actor Brendan Fraser (Al diablo con el diablo) es de candidatura al Oscar.


The Whale, retrata la sedentaria vida de Charly (Fraser) un maestro gay con obesidad mórbida que apenas puede moverse de su sillón. Una repentina visita de su hija Ellie (Sadie Sink, Max en Stranger Things) será la última oportunidad para redimir una vida deshecha por el abandono y la culpa.


Entonces, el peso de Fraser atrae todo, emocional y técnico. Los cinco personajes que conviven con él gravitan en reclamos de cómo les ha afectado la vida. Y se subraya con los movimientos de cámara que rodean al personaje y el cuadro con aspecto de 4:3 que remarca el encierro en espacios tan pequeños que es difícil coexistir en la acertada puesta en escena.


El guionista Samuel D. Hunter es quien escribió la obra de teatro en la que se basa The Whale.


Y es que desde el inicio, Charly es una atracción morbosa: se atraganta con pollo empanizado, se masturba frente a una computadora, se quita la playera luciendo un vientre colgante. Por ello se recuerda el debút del mexicano Alejandro Guzmán Álvarez en Distancias cortas y a El luchador del propio Aronofsky al regresar a una historia de conexión con una hija a quien se abandonó años atrás. Con ello, descubrimos la sensibilidad de estos seres golpeados que buscan un último acto de humanidad que justifique haber pasado por este mundo.


Luce una construcción dramática inspirada en el sinsentido de la vida del clásico Moby Dick, pero el ritmo teatral de la puesta en escena causa una pesada monotonía en sus acciones. Eso sí, Aronofsky sigue maltratando y exponiendo a sus personajes como sólo él lo saber hacer. Es cierto que ahora se inclina más hacia el lado luminoso, pero más allá de dos horas de Charlie, no hay mucho más que ofrecer.

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